Una ‘tormenta perfecta’ puso fin a la carrera del juez Baltasar Garzón

Febrero 12, 2012 0
Una ‘tormenta perfecta’ puso fin a la carrera del juez Baltasar Garzón

-Papá, ¿no has deseado muchas veces dejarlo todo? ¿Qué obtienes a cambio de tanta tensión y responsabilidad?

-Se puede tomar distancia temporal y luego volver.

Así le respondía hace años Baltasar Garzón a su hijo, en un diálogo que hoy viene muy a cuento, y que incluyó en su libro ‘Un mundo sin miedo’ (2005).

Ese año, el juez se alejó de los estrados y se tomó un descanso en EE. UU. Era un merecido sabático, después de su guerra declarada a Eta y su entramado político, a los temidos narcos gallegos y a dictadores como Augusto Pinochet, al que intentó procesar en 1998 argumentando que, bajo el derecho internacional, no puede haber amnistía para los crímenes de lesa humanidad. Esta hábil maniobra revolucionó el concepto de justicia internacional.

Pero durante ese paréntesis del 2005 empezaron a lloverle las causas en su contra. Una de ellas acabó esta semana con su carrera. Porque aunque el fallo del Tribunal Supremo español que lo inhabilita durante 11 años para el cargo de juez no le impide ejercer como abogado, nadie imagina litigando en un bufete al hombre que desafió a políticos, dictadores y terroristas.

¿Por qué rodó la toga del mediático ‘superjuez’? Una de las explicaciones menos apasionadas -algo clave, tratándose de alguien con fervorosos fanáticos y detractores- la daba, curiosamente, uno de sus abogados: “No voy a hablar de persecución, no me gustan las explicaciones conspirativas -declaró esta semana Gonzalo Martínez-Fresneda-. Lo que sí creo es que una confluencia de factores formó una tormenta perfecta en su contra”.

Entre esos factores está el hecho de que hace rato Garzón se quedó sin el apoyo de ninguno de los dos partidos mayoritarios españoles (PP y PSOE). Porque si bien logró grandes éxitos en 20 años de lucha judicial contra Eta, también investigó a los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), creados por el gobierno socialista en los 80 para eliminar a miembros de la banda, lo que le costó el poder a Felipe González.

Los defensores del juez afirman que fue un gesto de independencia, ya que Garzón había formado parte del Gobierno socialista en su primera y única aventura política (hasta ahora, porque muchos creen que saltará de nuevo al ruedo próximamente).

Sus detractores, en cambio, sostienen que el caso GAL fue un ajuste de cuentas de Garzón tras ser nombrado por González en un cargo de bajo perfil.

En cualquier caso, este episodio marcó la ruptura con el PSOE y le supuso el beneplácito de la derecha. Aunque por poco tiempo. El PP no le perdonó que apoyara las negociaciones entre el gobierno socialista y Eta, en el 2006; que en el 2008 pusiera a España a hablar de los crímenes del franquismo, pese a que hay una ley de amnistía, y mucho menos que investigara en el 2009 un sonado escándalo de corrupción -la trama Gürtel- que salpicó a varios peces gordos del PP.

Pero si en las altas esferas de la política tenía enemigos, entre sus colegas no era el chico más popular. “A Garzón siempre le han tenido ganas otros magistrados -opinó esta semana el columnista del diario barcelonés ‘La Vanguardia’ Fernando Ónega-. Ganas por su forma de instruir, por su visión de la justicia y por su protagonismo estelar”.

En el gremio se decía que al ahora exjuez le preocupaban más sus apariciones en los medios que la rigurosidad en la instrucción de sus causas. Esa falta de ortodoxia, que en muchos casos se interpretó como audacia, fue castigada esta semana por el Supremo, que, en un fallo unánime, lo condenó por prevaricación y por atentar contra las garantías constitucionales, al ‘chuzar’ las conversaciones entre los implicados en el caso Gürtel y sus abogados.

La decisión -como dijo su hija- les dio a sus incontables rivales motivos para brindar y supone el fin, para muchos anunciado, del ‘superjuez’.

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