Súper Soldados y bromas pesadas

Mayo 11, 2012 0
Súper Soldados y bromas pesadas

Escribe Soledad Platero

Está declarando en Montevideo Jhony Jean, el joven haitiano que acusa a cinco marinos uruguayos integrantes de la Minustah de haberlo violado en la Base de nuestro país en Haití. Además, está en Uruguay un equipo de 15 militares de la Navy SEALs, con la misión de entrenar durante un mes a nuestros Fusileros Navales.

Sobre la presunta violación de Jhony Jean se ha hablado mucho, pero no lo suficiente. Los marinos uruguayos han insistido en que no violaron al joven, sino que se limitaron a gastarle una broma pesada.

La filmación por la cual el asunto tomó estado público y ameritó una investigación judicial muestra a los marinos sosteniendo al chico contra un colchón en el piso, mientras se ríen a carcajadas y juegan a violarlo.

El video es muy breve, y no muestra, efectivamente, que el joven haya sido penetrado sexualmente por los agresores. Pero muestra inequívocamente que varias personas inmovilizan a otra y se divierten haciéndolo, y que además filman la escena.

La idea de una broma que tienen estos soldados es extraña, pero más extraña fue la reacción de la prensa uruguaya y de las autoridades que, en su momento, se apresuraron a aclarar que no podía hablarse de violación, y repitieron la versión de que, en todo caso, los marinos le estaban haciendo la “morta”, algo que como todo el mundo sabe, no tiene nada de malo.

Es extraño, en un país que, afortunadamente, ha comenzado a reconocer figuras como la de acoso sexual, el discurso permisivo ante una actitud francamente abusiva y violenta cuya finalidad, en broma o no, es la de humillar a alguien que no está en posición de defenderse.

Es evidente que si imágenes similares hubieran tenido como protagonistas a cinco planchas en una esquina haciéndole una broma semejante a una jovencita de la misma edad de Jhony Jean (no hablemos de lo que habría pasado si hubiera tenido uno o dos años menos), estaría buena parte de la población, secundada o habilitada por la prensa, pidiendo castración o linchamiento para los abusadores. Sin embargo, entre varones, y en ambiente cuartelero, hay cosas que parecen aceptables.

No es infrecuente que en nuestro país se hable de corporativismos. Por lo general la expresión se usa para referirse a los sindicatos y a su antipática tendencia a desconocer el bien común cuando se trata de defender reivindicaciones sectoriales. Sin embargo en este caso nadie ha hablado de corporativismo, y la cosa parece discurrir por ese resbaladizo universo de los códigos y el espíritu de cuerpo.

Hace unos días, cuando un policía fue atacado dentro de un establecimiento penitenciario por un preso que tenía un arma, se escuchó la versión de que un código carcelario que hasta el momento había sido respetado establece que la tolerancia a la presencia de armas en las prisiones se sustenta sobre la condición de que nunca serán usadas contra los guardias.

Es claro que no es posible (hasta donde yo sé, al menos) probar esa versión, pero también hay que admitir que la mayoría de esos acuerdos infames que muchos celebran con el rótulo pendenciero de “códigos” son, por definición, imposibles de probar. Se basan en la complicidad para tolerar o facilitar acciones que la ley o la moral desaprueban, pero que cobran cierto sentido marcial, cierta nobleza épica en ámbitos regidos por la palabra, la autoridad de un jefe, la lealtad y la pertenencia.

Sería fácil caer en la tentación de vincular el peso que esta ética territorial tiene últimamente, con la fuerte presencia de los tupamaros en el poder. Pero más sensato sería pensar que, al revés, el fuerte arraigo de la impronta tupamara en la voluntad electoral de los uruguayos no es causa sino consecuencia de ese corrimiento hacia las formas más superficiales y gritonas de la lucha.

Hay una urgencia de hacer cosas. No de pensar cosas, ni de problematizar cosas, sino de hacer cosas. A esa urgencia se oponen, como siempre, la pesadilla de la burocracia, el corporativismo de los sindicatos y la charlatanería de los intelectuales, pero en su defensa siempre pueden venir las emociones, los himnos, el espíritu de cuerpo, la deliciosa euforia de ser parte de algo.

Ahora vamos a recibir lecciones de defensa nacional impartidas por el cuerpo de élite que cayó sobre Paquistán para cazar a Bin Laden y hacerlo desaparecer para siempre de la faz de la Tierra. ¿Por qué podríamos necesitar que semejantes súper soldados entrenaran a nuestros marinos? Pues porque tenemos fronteras.

Una verdad redonda como la luna, equivalente a la que nos podría llevar a pensar que tenemos que tener rejas porque tenemos ventanas. Tenemos fronteras y tenemos aguas territoriales y tenemos un idioma que defender, y mal podríamos cuidar todo eso si no tenemos un cuerpo de élite capaz de caer sobre las amenazas y aniquilarlas.

Tenemos también soldados cuidando los ingresos a las cárceles, porque antes teníamos policías pero parece ser que no fueron suficientes para mantener el frágil equilibrio que aseguraba que los presos podían morir mientras no murieran los guardias.

Así que ahora los soldados cuidarán las cárceles, además de cuidar nuestras aguas territoriales y nuestro idioma (lo del idioma no se me ocurrió a mí: lo mencionó el ministro de Defensa no hace mucho tiempo).

Y cuando los soldados no sean suficientes es probable que tengamos que tener equipos privados de seguridad. Los Estados Unidos (esos que ahora, como antes, nos mandan asesores y entrenadores) hace tiempo que han privatizado esos servicios, tanto dentro como fuera de sus fronteras (un concepto, el de “frontera”, que no es muy claro para los Estados Unidos).

Pero mientras tanto, mientras las fuerzas que nos cuidan adentro y afuera no sean privadas, deberemos saber honrarlas, protegerlas de acusaciones livianas y hacerlas sentir que contamos con ellas aunque tengan cierta tendencia a gastar bromas pesadas y a olvidar que lo que pasa en los cuarteles también puede ser asunto de la Justicia.
UyPress

Deje su Comentario »